jueves, 5 de febrero de 2026

El día que dejé de celebrar mi cumpleaños.

Siempre me he considerado una persona sin más, del montón invisible. Para mis padres siempre he sido mediocre, suficiente alto y bastante decepcionante, les irrita(ba) mi sensibilidad y les sacaba de quicio mi presencia. Nunca hicieron nada especial por mi cumpleaños, lo celebrábamos con la familia más cercana, nunca me invitaban a cumpleaños porque yo no los invitaba y cuando me preguntaban qué me habían regalado la respuesta era siempre la misma: nada. De adolescente todas mis amigas se apuntaban a mis fiestas, empezaban las felicitaciones públicas y tenía bastantes pero a mi nunca me llegó la fiesta sorpresa. Así aprendí a organizarme yo mis propias fiestas, con sus temáticas, decoraciones, música, comida, sitio y alcohol y fueron fiestas de 3 días. Cuando todo eso dio paso a otro ritmo de vida, las felicitaciones en RRSS empezaron a no ser correspondidas y los cumpleaños empezaron a no tener ni pena ni gloria, hasta el día de hoy. Hoy a mis 33 años me duelen los ojos de llorar, de sufrir, de desear tener una foto bonita con mi hija y no tenerla, de esperar un día en el que me quisieran y me mimaran y fuera todo lo contrario, ha sido un día de malas noticias y decepciones, de gritos y reproches. Y así, como el que tras la muerte de su mascota no adquiere otra para ahorrarse el dolor de una pérdida, yo decido no volver a celebrar nada que tenga que ver conmigo, ahorrandome así decepción, dolor y tener que abrazar mientras consuelo a mi niña interior.